Abolición
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Abolición como dádiva
“Mi estimado Barón (de Penedo). ¡Está hecha la abolición! Nadie podía esperar tan temprano gran hecho y tampoco nunca un hecho nacional fue conmemorado tanto entre nosotros. (…) Isabel quedó como la última azotadora de esclavos que hizo del trono un quilombo (…) La monarquía está más popular que nunca” Así Joaquim Nabuco describió los días de júbilo que siguieron al 13 de mayo de 1888.
La ley Aurea era muy popular, y confería nueva visibilidad a la princesa Isabel y a la monarquía. Sin embargo, políticamente, el Imperio tenía sus días contados, al perder el apoyo de los estancieros del Valle del Paraíba. Más allá del clima de euforia reinante, parecía ser el último acto del teatro imperial.
Pero, por momentos, el último es también el primero. En medio a una sociedad de marcas personales y de culto al personalismo, la abolición fue entendida y absorbida como una “dádiva”. Un bello regalo que merecía, por lo tanto, vuelto y devolución. Isabel se convierte en “Redentora” y el acto se transforma en merito de “único dueño”. Decadente y fallido como sistema, la monarquía recuperaba fuerza en el imaginario al vincularse al acto más popular del Imperio. La “realeza política” se asociaba a una “realeza mitificada”, casi mágica, señora de la justicia y de la seguridad.
En los diarios y en las imágenes de aquella época, Isabel pasa a ser retratada como una santa al redimir los esclavos, que aparecen siempre descalzos y arrodillados, como a rezando y bendiciendo a la patrona. Allí la princesa aparece de pié y erguida, contrastando con la posición curvada y humilde de los ex esclavos, que parecen mantener su situación – si no más real, al menos simbólica. A los esclavos recién liberados solamente restaría la respuesta servil y sub sirviente, reconocedora del tamaño del “presente” recibido.
Estaba inaugurada una manera complicada de lidiar con la cuestión de los derechos civiles. Sin la comprensión de que la abolición era resultado de un movimiento colectivo, permanecíamos atados al complicado juego de las relaciones personales, sus contraprestaciones y deberes: clave del personalismo y del propio clientelismo. Nueva versión para una estructura antigua, en que las relaciones privadas se imponen sobre las esferas de actuación pública.
Como si fuéramos contrarios a cualquier asociación con la violencia, solamente reprodujimos jerarquías que, de tan asentadas, parecían legitimadas por la propia naturaleza. Mala lección de ciudadanía: la libertad combinada con humildad y servidumbre, distante de las nociones de libre voluntad y de responsabilidad individual.
Lilia Moritz Schawarcz es profesora titular de la Universidad de São Paulo y autora del libro “Espetáculo das Raças”. (São Paulo: Companhia das Letras, 2004).
(RHBN. N° 32. Mayo 2008. P.20)

