Independencia
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Independencia es libertad
Más que libertar a Brasil, los esclavos bahianos entraron en guerra para conquistar su libertad.
La mayoría de las batallas no se resume a un propósito. Y a veces, un mismo lado de la disputa abriga diferentes objetivos. En Bahía, los esclavos fueron reclutados para luchar a favor de la Independencia. Pero esos soldados buscaban más que liberar Brasil del dominio de Portugal. Empuñaron armas en la esperanza de usar sus servicios de guerra como moneda de cambio para obtener su libertad.
La sangrienta Guerra de la Independencia en Bahía, empezó en febrero de 1822, cuando Portugal nombró el general Inácio Luís Madeira de Melo (1775 – 1835) para el comando de las tropas de Bahía en el lugar de un oficial de Bahía. La sustitución desencadenó la revuelta de la población, de la Cámara y de muchos de los militares de Bahía, que fueron derrocados durante tres días de lucha (desde el 19 hasta el 21 de febrero) y obligados a huir. Al poco tiempo, a partir de la articulación de los grandes señores de ingenio del interior de Bahía, se constituyó el Ejército Pacificador, compuesto de soldados y milicianos que habían dejado Salvador después de la derrota, milicianos locales y batallones provisorios organizados por bahianos patriotas, que luchaban contra los portugueses, y a favor de la Independencia.
Cuando vino la emancipación de Brasil, Salvador continuaba controlada por portugueses. Al ser proclamado emperador en Rio de Janeiro, el 12 de octubre de 1822, D. Pedro declaró su apoyo a los patriotas de Bahía. Envió material bélico, tropas y el oficial francés Pedro Labatut (1768 – 1849), un militar de carrera con experiencia en las guerras napoleónicas e hispano americanas. Tropas de Pernambuco y de Paraíba también vinieron a reforzar el Ejército Pacificador.
La guerra fue larga y cruel. Las tropas portuguesas, atrincheradas en Salvador, recibían refuerzos y víveres por mar, más allá del bloqueo decretado por D. Pedro. Con poco material bélico y sin superioridad numérica suficiente, los patriotas no tenían como tomar la ciudad por asalto. Luego de la llegada de Labatut, Madeira de Melo, comandante de los destacamentos portugueses, atacó el campamento en Bahía de Pirajá. La victoria, el día 8 de noviembre cupo a los patriotas, pero la batalla de Pirajá no cambió el cuadro estratégico de la lucha.
Labatut trató de organizar un ejército bien entrenado. Así mismo habiendo sido indicado por el nuevo imperador, el extranjero que mal hablaba portugués no era visto con buenos ojos por los señores del ingenio de patriotas del interior de Bahía. Principalmente cuando los desafió al proponer el reclutamiento de esclavos, práctica inexistente en la tropas imperiales. Los señores temían que sus esclavos aprovechasen la ocasión para luchar por libertad o por nuevos derechos. En noviembre, después de la batalla de Pirajá, Labatut ordenó reclutar ‘mestizos y negros liberados’ para crear un batallón de libres. También confiscó esclavos pertenecientes a portugueses ausentes (presumidos enemigos) para servir en éste batallón. El Consejo Interino de Gobierno, con sede en Cachoeira y formado por poderosos señores de ingenio, juzgó la medida peligrosa. Se quejó de la creación de un “batallón de negros cautivos, criollos y africanos”, preocupado por rumores de que cualquier esclavo que se ofreciese sería liberado.
En abril de 1823, Labatut, propone a los señores que contribuyesen voluntariamente con esclavos para la guerra. Fue la gota que colmó el vaso: él terminó destituido en mayo y enviado a Rio de Janeiro. Fue juzgado por distintos crímenes – como prepotencia y corrupción -, pero sus opositores no lograron acusarlo de prometer la libertad a esclavos que sirviesen en el Ejército Pacificador. Lo máximo, la libertad estaría implícita en las propuestas del general, o era la conclusión (lógica) de los propios esclavos, que seguramente sabían que había una gran distinción entre su condición y la condición de los soldados (siempre hombres libres).
Sin embargo, la salida de escena del general francés no terminó con el batallón de libres. El mariscal José Joaquim de Lima e Silva, futuro vizconde de Magé (1787 – 1855), que lo substituyó en el comando del Ejército Pacificador, no vaciló en tomar partido de los esclavos soldados que fueron reclutados. Después de la guerra, recomendó al gobierno imperial que se tratase de liberar el “gran número de cautivos” que servían en las fuerzas de bahía.” Siempre les observé las pruebas de valor e intrepidez, y un decidido entusiasmo por la causa de la Independencia de Brasil”, declaró.
Estaba abierto un nuevo campo para la resistencia esclava, y confirmado el temor de los señores del ingenio. Contó un dueño de esclavos que un tal Alexandre, “mestizo, huyó en el tiempo de guerra para el interior de Bahía, y fue para Pernambuco con la tropa de allí”. Maria Rita, criolla, simplemente “huyó cuando las tropas de Portugal se retiraban”, luego de perder. Muchos esclavos se dirigían al campamento de Bahía y eran empleados como criados o para cavar trincheras. Un significativo número de ellos – forajidos o reclutados para el batallón de libres – estaban en el Ejército Pacificador el día 2 de julio de 1823, cuando se conmemoró la victoria de los patriotas. Desde éste momento, la Independencia en Bahía es conmemorada en esta fecha, considerada más importante por el pueblo de Bahía que el propio 7 de septiembre.
El 30 de julio vino la orden de la capital del Imperio: el gobierno de Bahía debería tratar de lograr la libertad de los esclavos soldados. Los señores que no dispusiesen en hacerlo gratuitamente podrían recibir una compensación, así se mantuvo el derecho de propiedad y el principio importante de que la libertad era privilegio exclusivo del dueño de esclavos. Otro decreto de la misma fecha ordenó que los esclavos soldados luego fuesen enviados a Rio de Janeiro. Se temía que la permanencia de ellos en Bahía amenazase la orden esclavista que los señores intentaban reconstruir. Según el cónsul británico, 360 “soldados negros (esclavos)” embarcaron en septiembre.
No se supo cuantos dueños libertaron sus esclavos gratuitamente, ni cuantos insistieron en ser recompensados. Las negociaciones se extendieron en los años siguientes. En 1825, por ejemplo, José Lino Coutinho (1784 – 1836), medico y diputado de las Cortes portuguesas, aceptó 600 mil reis (moneda de ésta época) para libertar dos hermanos, los soldados Francisco Anastácio y João Gualberto. Ya el angolano Caetano Pereira aprovechó la oportunidad a su manera. Él se había alistado voluntariamente el día 9 de junio de 1823 y dado de alta el día 7 de agosto. Pero ni bien supo del decreto imperial, buscó a su ex comandante y lo convenció a alistarlo nuevamente – tanto para protegerlo de su dueño, un portugués, cuanto para facilitar su libertad. Con la ayuda del oficial (que quizás alimentase un odio del portugués), Caetano probablemente conquistó su libertad.
Algunos casos eran más complejos. Joaquin de Melo Castro, conocido como Joaquim Zapatero, declaró haber sido liberado cuando su señor murió, después sirviendo en la guerra a Joaquim Pires de Carvalho e Albuquerque, futuro vizconde de Pirajá (1801 – 1848). El problema es que, conquistada la independencia, Pirajá lo entregó a los herederos de su antiguo dueño. Éstos lo vendieron a un comerciante que se mudó para Rio de Janeiro. En la capital del Imperio, Joaquim huyó y se alistó en la artillería. El comerciante requirió su alta, pero la insistencia del soldado en su condición de libre convenció a las autoridades militares de investigar el caso. Durante éste tiempo, Joaquim participó de la campaña en contra a la Confederación del Ecuador – movimiento de oposición al gobierno de D. Pedro deflagrado en Pernambuco en 1824. Por fin, el gobierno concluyó que él había prestado servicios suficientes y compensó al comerciante, que sin dudas se quedó aliviado al librarse de un esclavo tan difícil de controlar.
La voz de los propios esclavos casi no aparece en la vasta documentación sobre el reclutamiento y la liberación post guerra. Pero ellos ciertamente veían las luchas, y también la Independencia, como medios para conquistar la libertad. En el servicio militar ellos podían mejorar su condición de vida y sacar armas, a veces hasta en contra a sus propietarios.
Cuando el labrador Gonçalo Alves de Almeida fue incitado a ceder un hombre para integrar las fuerzas patriotas, replicó: “¿Qué interés tiene un esclavo en luchar por la Independencia de Brasil?” Se puede arriesgar una respuesta: la promesa de libertad.
Hendrik Kraay es profesor de Historia de la Universidad de Calgary, Canadá y autor de “Race, State and Armed Forces in Independence – Era Brazil_ Bahía, 1790s – 1840s (Stamford University Press, 2001).
(RHBN. N0 48. Septiembre, 2009. PP. 22-24)

